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La Infanta ve su aislamiento como una condena adelantada

Publicado Por:Lissette Garcia ~ 0 comments

Durante mucho tiempo, Cristina de Borbón (Madrid, 1965) fue la imagen de la modernidad de la Corona. La primera mujer de la Monarquía con título universitario —en Ciencias Políticas, por la Universidad Complutense, obtenido en 1989—; la que en 1991, en un desayuno informal con periodistas, prometía casarse por amor con un hombre “sencillo”; la que en 1992 compartía piso en Barcelona con una amiga del mundo de la vela y la que en 1993 empezó a trabajar en La Caixa con 1.200 euros al mes de sueldo.
El miembro más independiente de la familia real también era uno de los más queridos. El día en que se casó con Iñaki Urdangarin en Barcelona, 200.000 personas salieron a la calle a aplaudirles. Era octubre de 1997. Quince años después, ante “la indignación popular”, el Ayuntamiento de Palma de Mallorca, del PP, decidió retirarles la calle que les habían concedido en los días de popularidad: La Rambla de los duques de Palma pasó a llamarse, simplemente, La Rambla. El título de duquesa había sido el regalo de boda de su padre, el rey Juan Carlos. El destino de la Infanta, antes tan solicitada para entregar premios ,acudir a actos públicos y representar a la Corona, empezó a torcerse el mismo día en que el yerno perfecto —“¡Estamos encantados!”, proclamaba la reina Sofía cuando se anunció su compromiso— empezó a convertirse en un hombre tóxico. El día en que doña Cristina cerró filas con su marido. Se habían conocido en el verano de 1996, en un acto organizado por el Comité Olímpico Español, y anunciaron su compromiso el 30 de abril de 1997, tras nueve meses de relación. Por aquel entonces, doña Cristina ganaba 200.000 pesetas (1.202 euros) al mes en La Caixa, y Urdangarin tenía una ficha de diez millones de pesetas (60.101 euros) al año como jugador de balonmano del Barcelona. El inminente yerno del Rey estaba terminando Empresariales, tenía 30 años, y parecía preocupado por encontrar trabajo. “Ya sé que será duro”, decía a EL PAÍS. Pero su tren de vida empezó a subir exponencialmente. Tanto, que en 2004 se compraron, con un préstamo de La Caixa y otro de don Juan Carlos, un palacete de 1.100 metros cuadrados en el exclusivo barrio barcelonés de Pedralbes. Costó seis millones de euros —el entonces rey puso 1,2 millones— y en su reforma aseguran haber invertido otros tres. ¿Qué pasó entre aquella preocupación por llegar a fin de mes y el palacete? Urdangarin cursó un máster en Esade y conoció a Diego Torres, el hombre que ha arrastrado a la Infanta al juzgado. Furioso porque el abogado de Urdangarin, Mario Pascual Vives, se opuso en marzo de 2012 a que se levantara la imputación a su esposa, Ana María Tejeiro, el exsocio descargó sobre el matrimonio una montaña de correos electrónicos comprometedores. Ni siquiera algunos de ellos hicieron que doña Cristina se distanciase un milímetro de su marido. La Infanta nunca planteó ni ofreció a la Corona su divorcio o la renuncia a sus derechos en la línea de sucesión al trono, pese a que la instrucción del caso Nóos mostraba, encuesta a encuesta, que estaba haciendo estragos en la imagen de la Monarquía. La institución logró remontar con una petición de disculpas ante las cámaras el bache de popularidad que abrió la inoportuna cacería del rey Juan Carlos en Botsuana, pero nunca ha recuperado el nivel previo al estallido del caso Urdangarin, que derivó en el caso Cristina de Borbón. La Infanta es ahora la sexta en la línea de sucesión al trono, por lo que renunciar a sus derechos no tendría consecuencias prácticas —ni siquiera afectaría a sus hijos, que subirían un puesto en el escalafón—. Pero nunca ofreció ese gesto a su padre, quien tampoco se lo pidió. De la evolución de su situación judicial dependerá que medite ofrecerlo ahora al nuevo rey, su hermano. Los duques de Palma han encajado mal la estrategia de aislamiento y cortafuegos que el anterior jefe de la Casa del Rey, Rafael Spottorno, diseñó para intentar proteger al Monarca y a la institución. Siempre la entendieron como una condena por adelantado, pero tampoco pensaron nunca que las cosas llegarían tan lejos. Doña Cristina lleva apartada de la agenda oficial desde octubre de 2011, incluidas las solemnes ceremonias de abdicación de su padre y proclamación de su hermano, al que antes estaba muy unida. Don Felipe ha evitado mostrarse en público con ella desde que estalló el escándalo. Doña Cristina, convencida de que se ha convertido en un chivo expiatorio, intentó evitarlo hasta el último momento. El hombre al que su padre había encargado su defensa, Miquel Roca, uno de los padres de la Constitución, se apresuró a anunciar un recurso cuando el juez Castro la citó como imputada por segunda vez. Pero La Zarzuela la convenció de que lo mejor era que acudiera a declarar para acortar “el martirio” de la instrucción y aprovechar la última oportunidad de lanzar un mensaje de colaboración con la justicia. Finalmente, el pasado 8 de febrero, la Infanta tuvo que bajar la denominada cuesta de la vergüenza —lo hizo en coche— hasta los juzgados de Palma para declarar como imputada por fraude fiscal y blanqueo. Nadie de La Zarzuela la acompañó; solo sus abogados, que habían estado entrenándola en algo para lo que nadie prepara nunca a los hijos de un rey: dar explicaciones. Lo repitió muchas veces en su declaración: “Yo confiaba en mi marido”. Pero no logró convencer al juez Castro. “La interminable apelación a la ignorancia y a la falta de memoria” que, según apunta en su auto, mostró doña Cristina en el interrogatorio, le impide desimputarla. “Si la explicación a esta actitud residía en la confianza, veneración o amor que profesaba a su marido”, añade el instructor, no le corresponde a él juzgarlo. Aunque en La Zarzuela atribuyan a ese empecinamiento de mujer enamorada los suspensos en las encuestas y la primera sombra sobre el nuevo rey. Lissette Garcia RosasSinEspinas

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