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Unión Europea salva la cara con pequeños estímulos

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Seis años después del estallido de la crisis, 27 millones de europeos están en paro: un contingente que equivale a tener de brazos cruzados, sin posibilidad de trabajar, a toda la población de Bélgica, Austria, Dinamarca e Irlanda. Tras haberse tragado 1,6 billones de euros de dinero público, el sistema financiero sigue asfixiado y tampoco consigue hacer llegar el crédito a la economía real. La cumbre de la UE estaba el jueves por la noche muy cerca de cerrar un acuerdo para dar una respuesta —parcial y relativamente modesta, pero respuesta al fin y al cabo— a esos dos problemas mayúsculos. Los Veintisiete tienen listas un par de medidas, un par de pequeños pasos destinados a aliviar el peso de esa tasa de paro socialmente insoportable y del agujero en el sistema circulatorio de la economía —la banca—, que anticipan aún más tiempos difíciles en Europa. Los líderes tienen prácticamente cerrado un plan de choque contra el desempleo juvenil que movilizará 6.000 millones de euros en 2014 y 2015. Y un programa para desatascar los préstamos a las pymes, por importe de hasta 100.000 millones —con la habitual ingeniería financiera propia de estos tiempos— hasta 2020. España será en ambos casos uno de los principales beneficiarios. No hay demasiado dinero fresco ni convicción en esos dos estímulos, que llegan con un año de retraso: la cumbre de junio de 2012 aprobó medidas muy similares que nunca vieron la luz. Pero al menos algo empieza a moverse en la Unión. Europa sigue esperando a su Roosevelt —el presidente que sacó a Estados Unidos de la Gran Depresión—, pero la economía y la política tiran en direcciones distintas. Mientras la economía exige ambición para arreglar el edificio del euro y medidas a muy corto plazo para la reactivación, los socios europeos forcejean para acabar encontrando soluciones de compromiso. Al menos, los jefes de Estado y de Gobierno llegaron el jueves a Bruselas con un par de sorpresas agradables: los ministros de Finanzas desbloquearon el acuerdo sobre quién debe pagar en caso de que un banco cierre —un paso fundamental en el camino hacia la unión bancaria—, y la Comisión, el Consejo y el Parlamento acordaron desatascar el presupuesto europeo para los próximos siete años, esenciales para que las medidas contra el paro juvenil y a favor del crédito vayan más allá de las palabras. Y sin embargo, los líderes son plenamente conscientes de que esas medidas no suponen un punto de inflexión. “No se trata de cifras realmente impresionantes”, resumió el primer ministro de Luxemburgo, Jean-Claude Juncker. “Esas medidas no van a acabar con el paro. Ni con la fragmentación del mercado financiero, que hace que las pymes de la periferia paguen más por sus créditos que las del Norte. Pero van en la línea adecuada”, explicaron fuentes del Consejo Europeo. Su presidente, Herman Van Rompuy, añadió que son decisiones con impacto “sobre miles de empresas y sobre millones de personas”. Lo más interesante de las cumbres se da casi siempre en los aledaños. El estado de ánimo del proyecto europeo se vio perfectamente retratado el miércoles: Berlín consiguió bloquear una normativa para reducir el nivel de contaminación de los coches. El Ejecutivo alemán movió todos los hilos posibles, presionó al máximo —en algún caso hasta con formas más que discutibles, según fuentes diplomáticas— para descabalgar esa reglamentación contraria a los intereses de su industria automovilística. Esa es la eterna historia de esta crisis: en la cumbre de junio de 2012, Italia, España y Francia amenazaron con plantarse para conseguir un Pacto sobre el Crecimiento y el Empleo sospechosamente parecido al que se discutía el jueves —un año después— en Bruselas. Berlín transigió, pero en la práctica ha bloqueado, retrasado o rebajado una y otra vez esas y otras iniciativas. Alemania solo ha cambiado cuando las críticas a su abrumador liderazgo han subido de tono. Berlín busca tranquilidad al menos hasta las elecciones de septiembre. El reloj se ha parado en Europa hasta esos comicios. Al margen de las medidas contra el paro y para desatascar el crédito, los socios se han embarcado en una aventura mayor: la unión bancaria. La semana pasada, el Eurogrupo aprobó la recapitalización directa de entidades financieras. El jueves, los ministros acordaron las reglas para cerrar bancos. Ambos pasos están plagados de tecnicismos, de matices, pero en los dos casos el resumen que hacen los expertos es parecido: la solución alcanzada es muy del gusto de Alemania, y muy inferior a las expectativas. En junio del año pasado, los líderes acordaron hacer todo lo necesario para romper el vínculo entre la crisis financiera y la crisis de deuda soberana. Los últimos acuerdos hablan ahora de “diluir”, de “debilitar” esos lazos. Una alta fuente europea asegura que esa falta de ambición puede traer problemas si la tormenta que parece estar formándose en los mercados vuelve a acercarse a las costas europeas. Si ese vaticinio se cumple, la recuperación de la economía europea será lo que viene siendo desde hace año y medio: un espejismo fugitivo. Lissette Garcia RosasSinEspinas

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