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Rousseff es la favorita en Brasil aunque ganaría en segunda vuelta

Publicado Por:Lissette Garcia ~ 0 comments


No hubo bala de plata para matar al hombre (mujer) lobo. La presidenta de Brasil, Dilma Roussef (partido de los Trabajadores), enseñó los dientes, se afiló los colmillos y probó un poco de la carne fresca de la adversaria que más le preocupa: Marina Silva (socialista). Al candidato socialdemócrata, Aécio Neves, le dejó de postre en el debate presidencia pero apenas le dio algún que otro bocado. Le resulta, sin duda, un plato más dulce para combatir en una segunda vuelta, posibilidad que, tal y cómo evolucionan los sondeos, no es descabellada.

Silva, ex compañera del PT y todavía según las encuestas previsible adversaria suya en esa elección, es un plato de difícil digestión para Rousseff. Se conocen demasiado bien y el potencial daño en las urnas, para la mujer que pone en juego todo su poderío en Brasil, podría ser irreparable.

El último de los seis debates (sí, seis) presidenciales de Brasil tuvo a Dilma (aquí llaman por el nombre a los candidatos) como anfitriona en Río de Janeiro. La presidenta conocía de memoria el menú político que se servía en los estudios de GloboTV, una versión carioca de los tiempos dorados de Hollywood una ciudad dentro de una ciudad.

Experta cocinera electoral, la sucesora de Luiz Inacio Lula Da Silva, supo salpimentar sus recetas de favorita indiscutible (a tres puntos de la mayoría absoluta según los sondeos) pese a la evidencia del fracaso de algunos platos como la inflación (6,5), recesión (crecimiento cero) y el banquete de la corrupción que se dio en las empresas públicas como Petrobras, el mayor escándalo de su gestión. En ese talón de Aquiles fue en el que Marina, en un cara a cara ríspido, profundizó al reprocharle su «yo no sabía».

Cuerpo a cuerpo
Dilma Rousseff cubrió los puntos débiles de su Administración —la última de doce años consecutivos del Partido de los Trabajadores (PT)—, al presentarse como la primera abanderada de la lucha contra los multimillonarios desmanes de sus funcionarios y al mostrar las debilidades de los otros. «Corruptos hay en todas partes. Lo importante —dijo— es que las instituciones funcionen y los investiguen».

La presidenta buscó el cara a cara con Aécio y al hacerlo le invistió como su adversario: un representante, le recordó, de la fiebre «privatizadora» que reaccionó anunciando que la semiestatal Petrobras «se devolverá a los brasileños». Antes, el socialdemócrata calificó de «cuadrilla», «organización criminal» y «la peor marca del PT» a estos últimos cuatro años de Gobierno.

Dilma, como Marina (con poca garra) y Aécio (más sólido), los dos candidatos que la siguen en la preferencia del electorado, prefirió no decir palabra de las drogas, ni mencionar las demandas de los gais. Sí se animó a abordar el problema que tiene Brasil con los abortos clandestinos (más de ochocientos mil). Los favoritos pasaron de puntillas sobre estos asuntos, no así los otros candidatos que compartían, en igualdad de condiciones, los turnos de preguntas y réplicas de un debate que terminó entrada la madrugada de ayer.

El efecto pasional
Brasil ofrece muchos espectáculos y el cara a cara entre una presidenta que no está lejos del 50 por ciento de intención de voto y otra candidata como Luciana Genro que ni siquiera llega al 1 por ciento, es uno de ellos. La escena sería imposible de imaginar en Argentina, cualquier otro país de Sudamérica y… España.

Los encuestadores estiman que en un debate de estas características, si no hay un enfrentamiento fuera de libreto, se pueden arañar un par de puntos o tres. Eso son con los que soñaba Aécio Neves, en virtual empate técnico con Marina Silva, para desmontar a la ecologista de esa segunda plaza a la que llegó en tiempo récord.

Guillermo Raffo, asesor de campaña del socialdemócrata suele analizar el «fenómeno» Marina como la historia de una tradición al revés: «Lo habitual es que las campañas arranquen de forma racional y terminen en el terreno pasional. En este caso, ha sido a la inversa».

La muerte a mediados de agosto, en un accidente aéreo de Eduardo Campos, el candidato socialista que acompañaba a Marina, modificó de forma traumática el tablero electoral. El «efecto viuda», aunque fuera política, dio un vuelco a las preferencias del electorado y colocó como favorita a Marina Silva. De la noche a la mañana, recordaba estos días el asesor argentino, «nos volvimos invisibles. Daba igual lo que hiciéramos».

En la recta final de la campaña la tortilla electoral volvió a darse la vuelta. Aécio, que nunca arrojó la toalla, volvió esta semana a sacar la cabeza (24 por ciento frente a 27 de Marina). Su baza fue poner en duda el principal capital de la ecologista a la que reprochó su militancia de 24 años en el PT y su permanencia durante el escándalo del «mensalao». «¿Dónde está la nueva política?», le disparó. El domingo descubrirá si le dio en el corazón o pasó rozando.



Lissette Garcia


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